sábado, 28 de agosto de 2010

Las cosquillas de Argibay

por Alberto M. Sánchez

LA NOTICIA

Argibay: "Hablo de aborto y me dicen asesina". La ministra de la Corte Suprema dijo que quienes se oponen a la legalización del legrado esgrimen "argumentos falsos" y que las críticas que recibe por su postura favorable no le hacen "ni cosquillas".

COMENTARIO

Hace mucho tiempo que la ministra de la Corte Suprema, Carmen Argibay, viene provocando a la población mayoritariamente católica del país. Primero se declaró “atea militante”. Luego celebró la ley que habilitó el matrimonio entre personas del mismo sexo. En muchas ocasiones se ha pronunciado a favor del aborto, como un “derecho” de la mujer.

Ahora bien, estas últimas declaraciones que comentamos colman la medida. Podrían quizá ser entendibles en una militante pro-aborto de trinchera y de escasa formación, pero son inconcebibles en una persona universitaria, mucho más si ostenta el cargo que ostenta.

Está absolutamente probado por la ciencia que la vida del ser humano comienza con la concepción, la que se produce cuando el espermatozoide fecunda al óvulo. Por ello, el aborto es un asesinato, “la manera más cobarde e infame de cometer el delito de genocidio” (Pablo A. Ramella. “Atentados a la vida”). ¿De dónde extrae Argibay que la vida humana y su inicio es una “idea religiosa”? ¿Es que acaso hay un comienzo de la vida para los creyentes y otro para los ateos? ¿Podría ilustrarnos Argibay, por ejemplo, cuando comienza la vida de los “ateos militantes”? ¿Creerá Argibay que “no matar” es un precepto “religioso” que no obliga a los ateos militantes?

Por otra parte, afirma que nuestro país es un Estado laico, lo cual podría discutirse, pero olvida que la Constitución Nacional, culmen de la pirámide normativa que ella como ministra de la Corte debe conocer, acatar y respetar, reconoce a Dios como fuente de toda razón y justicia (Preámbulo) y que las acciones privadas de los hombres que no ofenden al orden y a la moral pública ni perjudican a terceros no están a su alcance como jueza porque están reservadas a Dios (art. 19). ¿Podría ilustrarnos Argibay cuál es para ella la fuente de la razón? ¿Y la fuente de la justicia? Si no es Dios, ¿será en ambos casos su propio criterio personal? ¿Será el de la mayoría circunstancial? Ya que ella no cree en Dios, ¿se considerará habilitada para juzgar las conductas privadas de los hombres?

También Argibay ha dicho que “hablar de aborto es defender un derecho" de la mujer. ¿Y el derecho del niño? Porque Argibay debería conocer que para la Argentina “niño” es “todo ser humano desde la concepción hasta los 18 años de edad”, conforme reza el art. 1 de la Convención sobre los Derechos del Niño con la reserva de nuestro país. ¿Desconoce Argibay que esa misma Convención dispone en su art. 3 que “en todas las medidas concernientes a los niños que tomen las instituciones públicas o privadas, los tribunales, las autoridades administrativas o los órganos legislativos, una condición primordial a que se atenderá será el interés superior del niño”? ¿De qué derecho de la mujer habla Argibay? ¿Del derecho a asesinar un niño indefenso cuyo interés todas las instancias públicas y privadas de la nación deben defender y promover como superior? ¿Es que no le queda claro a Argibay que el derecho a la vida del niño indefenso e inocente es a todas luces, se mire por donde se mire, infinitamente superior al tan mentado como falso en este caso derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo? ¿Es que acaso no es científicamente evidente que el niño que se desarrolla en el seno materno es una vida independiente de la de madre?

Por último, ha dicho Argibay: "Hablo de aborto y me acusan de asesina, pero yo insisto, esos calificativos a esta altura no me hacen ni cosquillas… Desde hace años me llaman asesina por defender la libertad de las mujeres. Por defender sus derechos”. ¡Qué pena que la opinión fundada, cierta y por sobre todo verdadera de instituciones religiosas, de infinidad de ONGs, de la enorme mayoría de la doctrina jurídica más prestigiosa del país y de la abrumadora mayoría de la población no le “haga ni cosquillas”! Debiera al menos hacerla pensar, ya que está en un lugar donde pensar es esencial, en lugar de asumir una posición tan despectiva y peyorativa.

Y permítaseme, finalmente, una última acotación. Quienes promueven el aborto no están a favor de la libertad y de los derechos de la mujer. Todo lo contrario: favorecen la cultura de la muerte, el genocidio de inocentes, un pingüe negocio y la más extendida, cruel y espantosa causa de muerte en el siglo XXI.

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